Vaivén

columpioII

En el conurbano bonaerense, en la esquina de un barrio pobre, había un espacio verde, un intento de plazoleta diseñada y construida por los vecinos. Habían marcado la superficie del lote con alambre perimetral, construido varios canteros y un arenero, sembrado flores, plantando algunos sauces e instalado dos columpios. De esta laboriosa manera, evitaron que la esquina fuese un escondrijo de ladrones y vagabundos.

 La plazoleta, con el devenir del tiempo, fue transformándose en un lugar de encuentros; familias enteras disfrutaban de la tarde y cuando debía tratarse algún tema inherente a la vecindad era tenida por improvisada sala de asambleas.  Sin embargo, la alegría perduró apenas un año. Un hecho desafortunado consiguió que fuese abandonada y que volviese a ser un vulgar terreno baldío. Desde entonces, un recuerdo la habita. En las tardes de verano, sobre la pared blanca de una casa lindante, aparecen las sombras de las dos cuerdas de un columpio y la silueta de una pequeña niña, meciéndose.

 ##

La tarde agonizaba. El sol descendía hacia el oeste arrastrando nubes violáceas. Al este, las primeras estrellas atravesaban un fondo azulado y el barrio, en su soledad de domingo, aguardaba el leve frío que desparramaba la penumbra.

 En una casa añeja y cansada, una niña de seis años, llamada Eugenia, conversaba con su abuela mientras la ayudaba a preparar la cena. Su padre y el abuelo estaban en el garaje, intentando reparar un auto, que hacía unos días no encendía.

Aburrida, harta, escondió detrás de una mueca apática y de frases cordiales las ganas de volver a su hogar, de ver a su madre. Había aprendido que manifestar ese deseo mellaba el humor de los adultos, que lo mejor era callar, obedecer.

 La conversación con la abuela fue desangrándose hasta desaparecer, hasta que las quejas por la demora de los hombres fueron transformadas en las imágenes y la voz de la televisión. Ignorada, sólo podía pensar en huir. Llegó al living fingiendo observar la biblioteca, acarició libros amarillentos y, de reojo, espió la puerta, la cerradura, la llave dormida, la salida.

 En la calle sintió alivio, que la desesperación cedía a las ansias de volver al hogar. Caminó decidida hasta que no reconoció el lugar en el que estaba. Detenida en una esquina, miró en todas direcciones. No halló ninguna referencia, ninguna persona. Angustiada, gritó el nombre de su padre hasta romper en llanto.

 Inmóvil, vulnerable, no podía calmarse. Sólo era capaz de suponer que nadie la hallaría. De pronto, la sorprendió el peso de una mirada, la de una niña meciéndose en un columpio al otro lado de la calle. Acongojada, reconoció que podía pedir ayuda, que lo mejor era serenarse.

 Ambas intercambiaron tímidas y largas miradas. Eugenia no era capaz de acercarse, de atravesar la barrera de la vergüenza. La niña desconocida abandonó el columpio y no dudó en acercarse.

 -¿Por qué llorás?

-Me perdí –afirmó Eugenia, sollozando.

-¿Cómo te llamás? –preguntó la niña.

– Eugenia…

-¿Y tus papás?

-No están… No sé en donde estoy –confesó Eugenia, conteniendo las lágrimas.

-Quedate conmigo hasta que vengan –propuso la niña.

 Eugenia no dijo nada y, después de un prolongado silencio, ambas caminaron hasta los columpios y, poco a poco, comenzaron a jugar y a perder la noción del tiempo.

 Después de correr en el arenero y algo cansadas, decidieron sentarse y liberar la curiosidad.

 -¿Cómo te llamas? –preguntó Eugenia.

-Marta.

-No te había visto cuando llegué ¿Vivís por acá?

-Me escondo… –respondió Marta, sonrojándose.

-¿De quién? –insistió Eugenia.

-De mi papá…

-¿Por qué?

-No quiero que me encuentre… –afirmó Marta, incomoda.

-¿En dónde vivís?

 Marta señaló la pared blanca lindera y ambas caminaron hasta el frente de la vivienda. Parecía abandonada, en ruinas.

 -Esta es mi casa –aseveró, una vez más, Marta.

-Parece grande. ¿Tú papá está ahí?

-Sí, no sabe que estoy con vos –aseguró Marta, en un susurro.

-Quiero llamar a mi papá –pidió Eugenia.

-No podemos. Mi papá es malo. Tenemos que esperar. Juguemos un rato más –propuso Marta y corrió hacia la esquina.

 Eugenia no dijo nada y persiguió a la niña hasta que el grito de su padre la detuvo unos instantes. Ambos se fundieron en un abrazo, en lágrimas y alivio.

 -¿Hija, en dónde te habías metido? No me hagas esto… –sollozó el padre.

-Estaba aburrida…Quería volver a casa…

-¿Por qué no me lo dijiste? Vamos a casa, los abuelos están preocupados. Tu madre también.

-Quiero volver a casa –afirmó Eugenia, rompiendo en llanto.

 Padre e hija regresaban, cuando Eugenia recordó a Marta.

-¡Chau, Marta! –gritó Eugenia.

-¿Qué Marta? ¿A quién saludás?

-A la nena que está ahí –respondió Eugenia, señalando la esquina, un terreno baldío con un columpio abandonado.

-No veo a nadie. Vamos –dijo el padre, sin darle mayor importancia al asunto, y emprendió el regreso, cargando a su hija a upa.

 Desde la esquina, Marta observaba a las dos figuras alejándose y, resignada, volvió a subirse al columpio. De repente, dos estruendos estallaron en el interior de su casa. Su padre, armado con una pistola, salió a la calle. La buscaba.  Ambos cruzaron las miradas. Ella corrió y él le disparó, hiriéndola mortalmente en la espalda. Segundos después, otro disparo sonó. El hombre, con un agujero en el cráneo, cayó al lado del pequeño cuerpo de su hija y las canaletas de las baldosas mezclaron la sangre de los cadáveres, como todas las tardes de verano en la que ambos fantasmas repetían la eterna condena.

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Relato incluido en el libro Líneas (Ed. de los Cuatro Vientos, 2005)

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