Retorno

italianosenargentina1Cuando niño, antes de que mi familia emigrase a Argentina, era amigo del único pintor de Fontanarosa(1), Mario. Un anciano de cuerpo delgado, cobriza piel tirante, rostro de mirada triste, finos cabellos ondulados y arenosa sonrisa. Enseñaba dibujo a los jóvenes y no pasaba un momento sin recibir amigos con ganas de conversar o admirar sus bellas obras. En el pueblo todos lo respetaban y apreciaban.
Dibujar me fascinaba. Había realizado, guiado por la observación, figuras humanas, naturalezas muertas, paisajes y vistas de puertas, ventanas y muebles para mi padre, un carpintero testarudo.
El trabajo (ayudaba a mi abuelo con los quehaceres livianos de la carpintería familiar) impedía que asistiera a las clases del pintor. Sólo mis amigos me enseñaban y aconsejaban.
Un domingo, empujado por la ansiedad, visité a Mario con la carpeta de dibujo bajo el brazo. Me recibió cortésmente, observó cada una de mis creaciones y, luego de espesos minutos, sonrió, felicitándome cariñosamente y regalándome consejos.
Todos los domingos, desde la primera visita, fui a su casa para contemplar las pinturas. Mi curiosidad me valió conocer la historia y los sentimientos que habían motivado cada obra. El anciano había realizado una serie de animales africanos asombrosa, pastosos paisajes del pueblo y atractivos cuerpos femeninos, delineados en carbonilla.
En una ocasión pregunté por qué no vivía de la venta de sus pinturas. Respondió que nadie era capaz de pagar un precio justo y señaló un pequeño lienzo colgado en la pared, diciéndome que jamás lo vendería. Intrigado pregunté por qué; sólo veía una pastorcita, sentada sobre un carretón lleno de paja, observando un camino en las ondulantes y verdes colinas, como si aguardase a alguien. 
Mario acarició mis cabellos, respiró profundamente y me contó, mostrándome una veintena de tablas y lienzos con el mismo motivo plasmado o inconcluso, que esa niña representaba a su fallecida hija de doce años. Esa tarde no pude develar por qué pintaba, una y otra vez, lo mismo o qué significaba.
No volví a ver al pintor desde que mi abuelo vendió una de sus propiedades y viajó, en busca de trabajo, a Argentina. La carpintería quedó en manos de mi padre durante tres años; fui su ayudante y aprendiz hasta que la vendió para seguir el duro camino de los que abandonan la patria.                                                                          
Mi madre, una habilidosa costurera, agudizó el ingenio y redobló el esfuerzo para que mis hermanos y yo gozásemos de una comida diaria. Repitió la frase “Maldigo a los hombres y a sus guerras” hasta que, después de un año, la familia volvió a unirse en el puerto de Buenos Aires.
Isidro Casanova, un hermoso barrio del oeste del gran Buenos Aires, me recibió a los doce años. Terminé los estudios primarios, luchando con el idioma natal y el castellano. Trabajé en la nueva carpintería familiar, me recibí de maestro mayor de obras y, dibujando planos, llegué a ocupar un puesto en la gerencia de una empresa constructora.
De la mano de la fortuna, conocí una bella muchacha llamada María. Luego de seis respetuosos meses de noviazgo y con la aprobación de ambas familias, nos casamos. Tuvimos dos hijos y disfrutamos de tres maravillosos nietos. En treinta y cinco años de matrimonio, gozamos de cuantiosas alegrías y sufrimos amargas desdichas.
A pesar de que los años me hicieron anciano y que mi descendencia es argentina, los recuerdos del pueblo natal y de la añorada patria encallan en mi ánimo y un impulso indomable relaciona sonidos, aromas e imágenes que creí haber sepultado en mi lejana Italia.
Ahora sé por qué el viejo pintor de Fontanarosa no podía evitar repetir el motivo de sus obras; la paciente pastorcita, vigilando con mirada aguda el final del camino, aguardaba el instante preciso en que la oscura silueta de su padre interrumpiera el enorme horizonte celeste. Al igual que mi patria, forjada de ilusiones y recuerdos infantiles, me aguarda en el familiar sonido de una palabra, en el perfume de los olivos, en los colores de los prados y en el último de mis pasos.
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Fontanarosa, ciudad de la Campania italiana

 

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