Laura

Laura

El frío invernal del ocaso descendía sobre el country “Las Cabezas”. La luz caminaba lenta al poniente, mientras una larga fila de autos y camionetas se agolpaban prolijamente en la entrada, anunciando un masivo regreso al hogar.
 
Un boulevard dividía en dos al country, las calles eran angostas, las cuadras irregulares, algunas triangulares, otras rectangulares; sobre las veredas nacían diferentes árboles, pinos, casuarinas, eucaliptos medicinales. Un camino de baldosas rodeaba cada cuadra, las casas eran de diversos estilos, no había una igual a otra, lo cual generaba un paisaje heterogéneo y opulento.
 
Los adultos estrechaban relaciones en la comodidad del “Club House” o a través de las diferentes actividades deportivas y culturales; había una cancha de golf, un anfiteatro, varias canchas de tenis y una cancha de fútbol profesional. Para ellos vivir en un country no significaba estar ausente del resto de la realidad o del mundo; sólo significaba relacionarse con gente de la misma clase social. 
 
Los niños, vulnerables a las perversiones de la realidad, asistían a la escuela del country. Si bien, no tenían un contacto asiduo con el mundo que se desenvolvía detrás de los alambrados perimetrales, ese mundo llegaba a ellos con la fuerza del oleaje que socava los acantilados hasta derrumbarlos.
 
Bella, alta, atlética, morena, Laura. Su rostro de niña ocultaba a una mujer de treinta años, negros cabellos lacios acariciaban una delgada cintura, imprudentes ojos castaños develaban sus deseos. Imposible olvidar la dulce humedad de sus labios, la suavidad de su piel, el aroma a mujer. Su cuerpo, sin duda, había sido soñado.
 
Aniñada y caprichosa, eran las indiscutibles cualidades del carácter que había logrado forjar. Laura resumía la niñez en una anécdota: cuando sus padres se divorciaron desarmó y armó su cama durante cinco años, para trasladarla desde Moreno, donde vivía con su madre en “Las Cabezas”, hasta el departamento de su padre en la Ciudad de Buenos Aires. Vivió una semana con cada uno hasta que cumplió veintiún años y decidió instalarse definitivamente en el country.
 
La adolescencia la enfrentó con dureza, su padre formó una nueva familia. A pesar de los desengaños, logró hacerse fuerte de la mano de la extroversión; todos en el country la conocían gracias a su belleza o simpatía.  La soledad fue su peor enemiga; sólo el cariño, de algún amigo o conocido, le permitía avanzar, de lo contrario sentía una angustia paralizante, que únicamente la conducía a pensar en sus imaginarios fracasos, que la convertían en una inútil.
 
Abandonó diseño gráfico en el último año, siendo uno de los mejores promedios, empezó y abandonó cuanto curso corto se le antojó a su capricho, hasta que su madre decidió dejar de mantenerla.
 
La adultez encontró una mujer de espíritu nómada, rica en amistades y pobre en amores. Cambiaba de trabajo asiduamente. Para todas sus renuncias tenía una excusa, alguien se había propasado, la carga horaria era insoportable en comparación con el salario, tenía que viajar más de dos horas, el jefe no la dejaba hablar por teléfono. Los únicos lugares estables eran “Las Cabezas” y su cama.
 
Una intriga crecía alrededor de Laura: por qué a tan bella mujer no le sonreía el amor. A un solo hombre consideró su novio, a Ignacio. Apenas compartieron un año de romance, sin decir palabra se distanciaron para no volverse a ver, a pesar de ser vecinos. No existió un motivo de separación, nunca hablaron de ello. Premeditaron la silenciosa muerte del amor por separado, pero no lo mataron como habían creído; el amor, con astucia de zorro, aguardó otra ocasión para florecer.
 
La noche derramó sus colores sobre el country; el alumbrado iluminó las estrechas calles, las lujosas casas lucían almas brillantes, cuya luz escapaba a través de las ventanas, menos la casa de Laura que permanecía en penumbras.
 
Laura aguardaba ansiosamente, sentada frente a la ventana, la llegada de Ignacio. Desde que se separaron lo había espiado todas las tardes.  Ese día, un deseo reprimido palpitaba en su pecho y estaba dispuesta a concretarlo.
 
Ocho y media… En dónde se quedó. No hay tarde que no pase a las ocho, justo hoy que quiero hablarle no viene. En dónde te metiste, Nacho. Espero que no haya vuelto con la imbécil de Miriam, las charlas con las ex son agotadoras. El hombre enamorado es un bobo capaz de aguantarse los cuernos. Esa desgraciada lo engañó con un amigo, no lo merece. Cuatro años esperé esta pelea, esta oportunidad para volver a amarlo. Al principio creí que eran la pareja perfecta, se llevaban bien, estaban siempre juntos, sonreían a todos, pero con el tiempo vinieron los problemas. Los chismes de mis amigos alimentaron la esperanza que había perdido, todo indicaba una separación, y así fue. Desde que nos peleamos…no nos peleamos, fue algo raro, los dos necesitábamos tomarnos un tiempo, o algo así, y nunca más nos volvimos a ver. Recuerdo que estábamos aquí, en el living, hablando de cosas absurdas, de pronto el diálogo cesó y pudimos vernos en silencio. Me sentí sola, triste, lo abracé. Él tenía los ojos húmedos, me besó con ternura y se fue. Esperé su regreso hasta que me enteré, había formado pareja con la odiosa de Miriam. Si no fui a buscarlo fue por orgullo, vergüenza… No quería mostrarme débil, entregarle el dominio de mis emociones. ¡Me equivoqué como una tonta! Si me amaba, por qué no vino a buscarme, por qué no fui a buscarlo…Son las nueve menos veinte, cuánta demora, ayer fue tu cumpleaños, si supieras los cumpleaños que te festejé en soledad… Me hiciste sufrir demasiado, a veces dudé, pero ningún hombre logró hacerme sentir segura como lo hiciste vos. Cuántas desilusiones, mis relaciones pasajeras fueron sombras difusas, me sentía frustrada porque te interponías irremediablemente. Creí que había enloquecido, hasta lo hablé con el psicólogo… Comprendí que sos el hombre de mi vida, aquel por el cual voy a dejar de lado mi orgullo, aunque luego pienses cualquier cosa. Cuando te vea voy a ir a tu encuentro, no voy a permitirme ocultar lo que siento.
 
Eran las nueve de la noche, Ignacio caminaba ligeramente rumbo a su casa, como si una maldición lo persiguiera. Laura lo vio y no dudó en correr tras sus pasos.
 
– ¡Esperá! -Grita Laura, agitada.
– ¡Ey! ¡Laura! – Se sorprende, Ignacio.
– Quiero decirte algo…
– ¿Qué pasa?…
– Feliz cumpleaños…
– Ah, fue ayer…
– Si…
– Bueno, me voy…
– Chau…
 
Ella regresó al hogar satisfecha; él pensaba en Miriam.

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Relato incluido en el libro Líneas (Ed. de los Cuatro Vientos, 2005)

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