Entrevista a Guillermo Orsi por “Siempre hay alguien a quien matar”

Guillermo-Orsi

“Los autores sólo elegimos a nuestras víctimas en tan variado catálogo y el proceso de selección es muy riguroso. Aunque es cierto que a veces los muertos nos sorprenden.”

P.: ¿Cómo surge “Siempre hay alguien a quien matar”? ¿Cuál fue el disparador?

R.: Ya aclaré por ahí que es una novela de amor. De amor perdido, de la ilusión de reencotrarlo, si fue real, o de inventarlo, si se trató de la necesidad de amar de un solitario.

P.: El título, “Siempre hay alguien a quien matar”, sugiere una cadena de crímenes de nunca acabar, ¿qué hallará el lector?

R.: Se sentirá defraudado, como corresponde al lector que confunde literatura con inventarios o crónicas policiales. La disponibilidad de víctimas es propia de la sociedad capitalista, basada en la hegemonía de la violencia en todas sus formas posibles. Los autores sólo elegimos a nuestras víctimas en tan variado catálogo y el proceso de selección es muy riguroso. Aunque es cierto que a veces los muertos nos sorprenden.

P.: El protagonista, un escritor solitario, pasa a la acción motivado por la muerte de una mujer que ama, mezclándose con personajes típicos del género negro. ¿Por qué un escritor como protagonista?

R.: Los escritores somos personajes típicos del género negro. Aunque nuestras historias pretendan ser románticas –como es mi caso- o dirigidas a públicos juveniles y hasta infantiles. Los cuentos tradicionales son paradigmas del género negro: una vieja celosa que envenena a una adolescente haciéndole tragar una manzana o un pedófilo disfrazado de abuelita que espera a su presunta nieta para violarla no son historias que ayuden a conciliar el sueño.

P.: La novela denuncia corrupción política y policial, exhibe la impunidad de quienes detentan el poder. Una ficción más que cercana a la actualidad. ¿Vivimos en una sociedad resignada?

R.: Vivimos en una sociedad de clases. Hay opresores y oprimidos. Para que los oprimidos –a los que está de moda llamar “vulnerables”- no se aviven de que son muchos más que los opresores, les cuentan historias de hombres malos que quieren dominarlos, de corruptos insaciables que tarde o temprano caerán presos para que los hombres buenos puedan seguir narrando lo inenarrable: que vivimos en una sociedad de clases, que hay opresores y oprimidos.

P.: Siguiéndolo en las redes sociales, he leído que el año pasado fue invitado a Serbia y a Hungría, que han traducido sus libros y ha llevado, por añadidura, nuestra literatura. ¿Cómo ha resultado la experiencia? ¿Qué le ha deparado?

R.: El único equipaje de un escritor es la literatura. No quiere decir que sea sólo la propia, que no haya pedido prestadas otras historias mucho mejor contadas de lo que podría hacerlo yo mismo.

 Si obviamos el idioma –y por ende, las palabras-, al cruzar fronteras lejanas descubrimos que hay lectores de lo nunca traducido pero que circula por nuestros cuerpos como sangre de la memoria. Vamos quitándole entonces la cáscara a tanto adjetivo, a tanto sustantivo sin sustento, y nos quedamos con lo esencial: el dolor, el miedo a la muerte, la aventura de amarnos, la perpetuidad de lo efímero. Leemos despacio, hay traductores, hay sonrisas, abrazos, promesas de reencuentros que probablemente nunca se producirán pero que cómo nos reconfortan.

P.: ¿A qué se debe la popularidad del género negro? ¿Hay diferencias entre el hispanoamericano y el anglosajón?

R.: Está de moda calificar a lo popular como populista. Supongo que el negro es la ausencia de color, la falta de expectativas, el desencanto, la búsqueda del chivo expiatorio. El género negro ofrecería un vasto “vademécum” de recetas a los que sufren alguno o todos esos síntomas. En cuanto a latinos versus sajones, no soy experto en semejanzas y diferencias, hay mucho escrito y dicho sobre esos temas.

P.: Por último, ¿cuál será su próximo homicidio literario?

R.: Dejo la tarea homicida para los autores que necesitan matar al padre o a la madre y librarse de cuerpos y de culpas para seguir creyéndose libres y renovadores. Siempre hay alguien a quien escribir.

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