Prólogo a “La herencia”, de Marcela Isabel Cayuela

Estremecer, asustar, sobrecoger, impresionar, objetivos que alcanza la autora creando oscuras atmósferas fantasmagóricas, amenazas latentes, ancestrales ritos sangrientos y feroces entidades rivales de la luz, deseosas de perpetuarse, de dominar el orbe.

“La herencia”, novela de terror ambientada en la neblinosa Londres y su campiña, en el condado de Essex y en Salem, Nueva Inglaterra, durante el siglo XVII y el  XVIII, contiene veintitrés capítulos de prosa clara y directa, de alterar la secuencia cronológica haciendo fluida la trama.

Conoceremos a la familia Graham, a la herencia que los persigue de generación en generación, y a las terribles potestades que los manipulan, encarnadas en el misterioso Arthur Greenway y la Condesa Dumont.

Si bien Robert Graham iniciará la trágica travesía hacia una mansión en la campiña londinense, hacia su destino, será a través de Richard, su hijo, de sus desventuras y sufrimientos, y de las investigaciones del ermitaño tío Alfred, que arribaremos a la verdadera historia familiar.

Descubriremos los entramados que hicieron de la pobre Dorothy Swillings, abuela del joven Richard, esposa del predicador y gobernador de Salem, George Graham, y poderosa hechicera, ordenada por la mestiza Tituba. Más nos sorprenderán los lazos que unen a Timothy Graham, hijo de George, con Dorothy, Tituba y Alice, madre de Richard. Y, finalmente, comprenderemos al Prefecto de Salem, John McConroy,  intentando proteger a la joven e impulsiva Maggie hasta el final.

Sin embargo, cuando Richard tiene plena consciencia de su papel en el rito ancestral al que está destinado, de las ambiciones de cada uno de sus familiares, y de que una decisión suya puede alterar el equilibrio divino  entre el cielo y el infierno, estará en una habitación de la mansión, rodeado por el bando que lo apoya,  pendiente de proteger a Maggie y a su hija.

La confrontación final resulta un duelo mortal entre los que desean, ambiciosos de poder inigualable y a costa de sangre inocente, perpetuarse y los que, respetuosos del natural devenir, defienden la vida.

El título, “La herencia”, es un acierto. No sólo conduce a pensar en el ámbito familiar, en los valores que legamos a nuestros hijos o en los que hemos recibido de nuestros padres. También induce a reflexionar sobre la sociedad actual, sobre las personas explotadas y los recursos naturales saqueados a las órdenes del consumo, de la calidad de vida de unos pocos. Quizá las ambiciones de Arthur Greenway y la Condesa Dumont estén a la orden del día.

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Book Trailer:

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