Guerra Hormiga: Dolor Real (II)

En lo más profundo de Morada Negra, en una antigua cámara, residía la reina Tat. Un complejo sistema de milimétricos orificios la proveía de luz solar y aire fresco. Un numeroso séquito la informaba de los acontecimientos exteriores e interiores, aseaba, alimentaba y colaboraba con sus quehaceres. La guardia real, un grupo de soldados seleccionados, estaba a cargo de su protección y traslado.

Enemiga de la guerra, sufría la muerte de sus larvas y condenaba al fracaso las decisiones de Moi, líder supremo del hormiguero. Sus dichos obligaron a las autoridades a aislarla de los obreros y de otras reinas. Necesitaban abundante población y moral alta.

A pesar de las limitadas comunicaciones, logró fomentar, gracias a su fiel séquito, la emigración en caso de conflicto y un sin fin de premisas antibélicas. Sin embargo, el ejército desestimó sus esfuerzos, exacerbando el amor al hormiguero ante todo valor, la necesidad expansionista, la bravura de la hormiga negra y la inferioridad de la hormiga roja.

Durante los conflictos bélicos interrumpió esporádicamente sus funciones; los orificios de la cámara, a toda hora, gemían muerte y dolor. En dos ocasiones, la guardia real la protegió de obreros y soldados que la consideraban una traidora. Pocos comprendían su padecimiento.

Víctima de una repentina depresión, Nueva Morada Roja había declarado la guerra a su hormiguero, cerró todos los accesos a su cámara. Sus colaboradores, no pudiendo persuadirla de deponer la actitud y temiendo el peor desenlace, informaron a la guardia real.

-¡Mi reina, hemos venido en su auxilio! ¡Por favor, permítanos ingresar a la cámara! –pidió el guardia.

-¡Ya no soy reina de este hormiguero! ¡Quedas libre de tus obligaciones, fiel Arq! –respondió Tat.

-¡Ruego e imploro que nos concedas auxiliarte! ¡Bien conocemos tus pesares! –insistió el guardia.

-¡No abriré las puertas! ¡Nada conocen, ni comprenden! ¡Derríbenlas y hallarán mi cuerpo sin vida! –amenazó Tat, desesperada.

-¡Ambos sabemos que, si no reanuda su labor, debo informar al Concejo!

-¡Entonces, informa! ¡Cumple tu deber! ¡No daré más larvas a la guerra! –gritó a voz en cuello Tat.

El guardia cumplió con su obligación y el Concejo envió un grupo de negociadores para persuadir a Tat o derribar la puerta y forzarla a realizar sus tareas. Moi, enterado de la postura de la reina, lamentó no haberla asesinado tiempo atrás, no podía darse el lujo de perderla durante la guerra.

-¡Nos presentamos ante ti en nombre del Concejo! ¡Somos humildes súbditos! –comenzó el negociador.

-¡No tengo súbditos, ni obedezco al Concejo! ¡Fuera! Ustedes, con sus artimañas, convencen a mis larvas de morir por la gloria del hormiguero ¿No tienen vergüenza? Enviar a las jóvenes hormigas a las fieras mandíbulas del enemigo y a detener el insecticida con el cuerpo… ¡Los miembros del Concejo mostraron su soberbia al resto de los insectos, teniendo un ejército diezmado! ¡Ya verán el fruto podrido de esa soberbia! –gritaba Tat, hastiada de la guerra y la muerte.

-Calma. Necesitamos de tu esfuerzo en esta guerra, eres imprescindible. Piensa en tus larvas. En unos meses, poderosos ejércitos llegarán a las entradas del hormiguero y, sin soldados suficientes, no podremos detenerlos. Si nos abandonas, aniquilarás toda esperanza de resistencia… –insistió el negociador, intentando persuadirla.

-¡Calla! ¿Pides que piense en mis larvas? ¿Quién, más que yo, lo ha hecho? ¡¿Quién?! ¡Insensato! Durante años intenté, con denodado esfuerzo, evitar que el Concejo declarase la guerra e inculcar en las mentes jóvenes los beneficios de la paz ¿Pero qué sucedió? La policía secreta se encargó de enviar a los pacifistas a las primeras líneas de batalla y de ejecutar a los promotores de la paz…-reprochó la reina, agotada, sopesando un grano envenenado.

-Todo tiene causa, no en vano se pierden vidas en la guerra. Necesitamos los granos para alimentarnos…

-¡Abundan granos! ¡Exportamos granos a otros hormigueros! ¡Querían los territorios! ¡Querían expandirse! ¡No intentes engañarme como a los obreros! El Concejo persigue sus propios intereses ¿Quién disfruta de los beneficios de la contienda? ¿El soldado? ¿El obrero? ¿Quién enriquecerá? Si ellos fuesen los encargados de las larvas, no las enviarían a las batallas, te lo aseguro. Nunca entenderán a una reina…

-Si algo pretende el Concejo, es reafirmar la identidad nacional, llevar el nombre de nuestra Morada a la gloria…

-¡No alcanzarán la gloria propagando la muerte! ¿No lo entiendes? Nueva Morada Roja, conociendo nuestro débil estado y con la excusa más absurda, nos ha declarado la guerra. En menos tiempo del que imaginas combatirás inútilmente en las entradas. No vendrán por Moi, ni por armas. Vendrán por los granos…

-¡Entonces, ayuda a tu tierra! ¡Danos larvas que peleen por ella! –solicitó el negociador, sabiendo que la postura de la reina era, a cada instante, más radical y sospechando que no acabaría bien.

Mientras el negociador y la reina Tat discutían con ardor, los soldados intentaban derribar las inviolables puertas de la cámara y cientos de larvarias voces aguardaban la artera señal que lanzaría, por los orificios de ventilación, miles de súplicas.

-¡Inútil es tu esfuerzo y el de los soldados! ¡Nada hará cambiar mi decisión! ¡Vete! Dile a Moi que hoy comenzó su fin y el de Morada Negra –sentenció Tat.

-Gracias a Moi esta Morada conoció la unión y un rumbo seguro ¡Ayúdenos! –rogó el negociador.

-Lo he intentado por años… Vete –susurró Tat.

-Recuerde, tras las puertas está su hogar. Adiós, mi reina – saludó el negociador, abatido.

Dentro de la cámara, al son de estruendosos golpes, las paredes temblaban y del techo caían trozos de barro. La reina Tat, sin esperanzas y no viendo más solución que la muerte, consumió un grano envenenado.

El silencio engulló los fortísimos ruidos, cual lento amanecer a la oscura noche, liberando sobre el lecho real las súplicas y el llanto de dulces y larvarias voces. La reina, a punto de sucumbir, luchó con los feroces fantasmas de su pasado.

-¡Huyan! ¡Iri, Mei, Alai! ¡Huyan! ¡Caerá el insecticida en la entrada! ¡Es una trampa! Abandonen la guardia. No, no, no…. Larvas mías… ¿Qué han hecho?…Ya… -deliraba Tat, presa del dolor y las convulsiones.

Los desesperados gritos fallecieron ahogados por las dulces voces, un estallido derribó la cansada puerta y el exánime cuerpo Real recibió a los persistentes soldados.

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Continuará… Próximo capítulo: “Hormiga de Oro”

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