Guerra Hormiga: “Hormiga de oro” (III)

En Nueva Morada Roja, algunos obreros trabajaban toda la vida inmersos en sus duras rutinas. Otros, acopiando granos a fuerza de hambre, contrataban a sus pares y enriquecían, transformándose en exitosos cuentapropistas.

Durante el otoño, el hormiguero disfrutaba del juego nacional: las carreras exteriores. En cuatro circuitos -trazados en la ciudad humana, el monte de eucaliptos, la llanura y el arroyuelo- miles de jóvenes hormigas disputaban popularidad, honor y abundantes granos.

Las únicas reglas eran respetar el camino y llegar a la meta sosteniendo un pétalo de diente de león. Toda artimaña valía para dejar fuera de la competencia a un adversario. Eran frecuentes las peleas, los accidentes e incluso la muerte. El ganador de la temporada era premiado con una cantidad exorbitante de granos, quedando en el recuerdo de la morada como héroe y ejemplo a seguir.

La aspiración de toda joven hormiga era convertirse en cuentapropista o en campeón de las carreras exteriores; eran los caminos más cortos y azarosos hacia el reconocimiento social. La carrera militar y la política eran respetadas, aunque sospechadas de corromper la voluntad colectiva en beneficio de oscuros intereses.

As, una hormiga roja, de fuertes mandíbulas, buen porte y extraordinaria fuerza, ganó dos temporadas consecutivas de carreras exteriores, convirtiéndose en la  más popular de Nueva Morada Roja.

Encarnando el ideal de millones de hormigas, aún no retirado de las fatigosas competencias e instruyéndose en las labores de recolección, aceptó voluntariamente unirse al ejército. Los miembros del Concejo y los militares festejaron la adhesión de As a la campaña contra Morada Negra. Ayudaba a mitigar la impopularidad de la guerra y a que miles de jóvenes lo emulasen.

Los obreros no comprendieron los motivos de su decisión, había ganado suficientes granos como para convertirse en cuentapropista y disfrutar de una vida placentera. Sin embargo, no dejaron de admirarlo y de seguir, a través de las noticias, su carrera militar.

As, descendiente de los colonos que participaron en la lucha por la independencia y en cada uno de los conflictos posteriores, sintió la profunda necesidad de formar parte del ejército, honrando la tradición y a su amado hormiguero.

Durante el entrenamiento militar, el instructor y los oficiales, lo trataron como al resto de los conscriptos. Sin embargo, su destreza para superar las inacabables marchas exteriores, su vigor en las simulaciones de combate e inquebrantable ánimo, capaz de aumentar la moral de varios pelotones, le valieron un rápido ascenso a cabo.

Un sargento le ordenó explicar, ante numerosos auditorios, las causas de la guerra, por qué el ejército necesitaba el apoyo de los obreros y los beneficios de los que gozaría la Morada cuando acabase favorablemente la contienda.

Cuando el Concejo aprobó un nuevo envío de tropas a la lejana Morada Negra, As marchó, entre miles de soldados, hacia su destino. La comunidad despidió al ejército vivándolo, entonando canciones patrióticas y emocionándose a medida que la fila desaparecía en la lejanía. Una sola hormiga había conseguido el apoyo popular que los concejeros ambicionaron por años.

El viaje hacia tierras hostiles no fue fácil, los soldados sufrieron las primeras bajas enfrentando obstáculos naturales y eludiendo depredadores. Luego de agotadoras jornadas de marcha, fueron recibidos con entusiasmo en la base exterior y As volvió a gozar de la admiración de sus compañeros y a irradiar ánimo, aunque comenzaba a temer por su vida.

Mientras las hormigas voladoras arrojaban insecticida sobre las entradas de Morada Negra, la infantería continuaba entrenándose físicamente, aprendiendo las futuras misiones estratégicas y patrullando el exterior. Las emboscadas y escaramuzas eran diarias e inútiles;  ninguna patrulla lograba exterminar a la otra, ni obtener abundante información de las posiciones enemigas.

Horas antes de que As y sus compañeros patrullasen los alrededores de una entrada, llamada “Boca del infierno”, el general Mai llamó al capitán del pelotón, una robusta hormiga negra, con la excusa de charlar sobre la misión.

-¡A sus órdenes, mi general! –saludó el capitán Joi, a voz en cuello.

-Descanse capitán. Hoy no habrá formalismos entre nosotros… –dijo el general Mai, serenamente.

-¿Sucede algo, señor?

-En breve su pelotón debe explorar la zona enemiga, precisamente la “Boca del infierno”… Usualmente no hago esto… Voy a compartir con usted la información que las voladoras me proporcionaron hace minutos. El terreno es árido y la visibilidad buena, solo las colinas recortan el horizonte. Las patrullas enemigas, escondiéndose entre rocas o bajo tierra, ocupan lugares elevados y ocasionan abundantes bajas y heridos. Sugiero que penetre treinta metros, la mitad de lo debido, y retorne con todos sus soldados… En su informe redactará que penetró sesenta metros y nadie objetará una palabra ¿Ha entendido?

-Por supuesto. As es muy importante, lo protegeré del mejor modo… –afirmó el capitán Jo, satisfecho. Por lo menos, no perdería la vida inútilmente, en una avanzada masiva.

-Debe protegerlo a cualquier precio y procure que no lo sepa, es una orden ¿Entiende? –susurró el general Mai, amenazante.

-¡Sí, señor!

-Muy bien, esperaba que lo entendiera…

-De todos modos, no olvide que estamos en guerra. Es posible que el enemigo quiera la cabeza de As… –comentó el capitán, intentando excusarse ante la eventual muerte de As.

-¡Su trabajo es traerlo sano y salvo! ¡No es casualidad que usted esté al mando del pelotón! ¿Quiere enfrentar un juicio militar? –amenazó el general sin tapujos y a voz en cuello.

-¡Señor! ¡Entiendo, señor! –afirmó presuroso el capitán Jo.

-¡Retírese! –ordenó secamente el general Mai.

-¡Señor! ¡Sí, señor!

El general Mai no podía perder a As, todos los soldados y oficiales de la base estaban pendientes de él y su pelotón.

Al mediodía, el capitán Jo ordenó a sus diez subordinados iniciar el patrullaje. Miles de miradas y murmullos siguieron a la patrulla hasta que abandonó el terreno seguro. No había sendero, ni camino, seguían al líder sin apresurarse y deteniéndose ante ruidos sospechosos. A medida que avanzaban, observaban pequeños charcos de insecticida, granos envenenados y marcas de combates.

Agazapados entre finas hojas polvorientas, descansaron e intentaron descubrir al enemigo escudriñando el horizonte. Durante diez minutos permanecieron emboscados, disimulando la ansiedad y el temor previos a un combate.

El capitán rompió el silencio indicando que subirían a una colina, observarían el terreno y regresarían a la base. Lentamente abandonaron sus posiciones y marcharon con sus dotaciones de líquido insecticida listas para arrojar.

As luchaba con sus nervios, sentía que el enemigo los miraba desde algún lugar y que de un instante a otro los atacarían. Por primera vez, se preguntó qué buscaba en medio de esa desolación, por qué estaba allí.  Ni la disciplina atlética, ni el entrenamiento militar lo habían preparado para deshacerse de la desesperación, de las indomables ganas de arrojar las armas y huir hacia el hogar.

Apostados en la cima de la colina vieron la lejana “Boca del infierno”, a los voladores  combatiendo con los defensores y los movimientos enemigos, casi imperceptibles, entre las rocas y en las elevaciones.

El capitán Jo, contento por haber descubierto posiciones y examinado buena parte del lugar, ordenó retornar a la base. Sabía, por experiencia, que los habían detectado, aunque no lo comunicaba al pelotón para evitar la tensión. Sólo pidió que marchasen listos para combatir.

Descendieron sin descanso, cuando una munición de insecticida derribó al soldado Foi y seis enemigos, escondidos bajo la tierra, los sorprendieron por ambos flancos.  As no atinó a nada, el horror lo paralizaba, ante su mirada un compañero convulsionaba víctima de su propio insecticida, otro era destrozado por mandíbulas negras y el capitán, socorriendo a los suyos, hacía una brecha entre los feroces combates.

Un certero proyectil, arrojado por el soldado Myr, aniquiló a un enemigo que avanzaba hacia el atónito atleta. Del breve enfrentamiento sólo quedaron en pie el capitán, Myr y As. Las hormigas negras yacían aferradas a cuerpos rojos.

El alboroto asaltó la base, cuando los tres combatientes llegaron heridos y a punto de desvanecerse. Mai los aisló en la cámara de enfermería, evitando que narrasen lo acontecido al resto de los soldados u oficiales. Por la noche, los heridos fueron despertados y trasladados, por un grupo militar especial, al despacho del general.

-¡Buenas noches, caballeros! –saludó el general Mai.

-¡A sus órdenes, mi general! –corearon el capitán, Myr y As.

-Evitemos los formalismos. Están aquí porque debo saber qué sucedió con el resto del pelotón –anunció el general, utilizando un tono paternal.

-Tendrá el informe por la mañana. Hemos sido emboscados… Eso es todo –respondió el capitán Jo, temiendo amenazas por negligencia.

-Mi estimado capitán Jo… Necesito que cada uno narré lo que sucedió ahora… -exigió el general en un susurro amenazante.

-Todavía nos duelen las heridas y sentimos la pérdida de nuestros compañeros. Quizá mañana… -interrumpió el capitán.

-¡Ahora! ¡Comenzará As! –ordenó el general.

-No sé… Yo… Yo he sido… -titubeó As.

-¡Maldición! ¡No quiero lágrimas! ¡Cuénteme qué aconteció desde que salió de la base! –vociferó el general, rabioso.

-Salimos de la base al mediodía… Caminamos un buen rato hasta que apareció líquido insecticida y cientos de cadáveres mutilados… No lo sé… Nos escondimos entre las hojas de una planta seca… No vimos enemigos, no había… Yo…

-¡Continúe! –exigió el general con violencia, acercando sus mandíbulas a la cabeza de As.

-El capitán ordenó subir a una colina pedregosa… Subimos sin problemas, listos para combatir… Los ruidos me alteraban aunque no había nadie…-As continuó titubeante.

-¿Qué sucedió? ¡Hable! –gritó el general, acercándose al capitán, observándolo con desprecio.

-Vimos la “Boca del infierno”, los combates aéreos y algunos movimientos enemigos…

-¡Carajo! ¡Se ha pasado de la raya Jo! ¡Ordené que explorase treinta metros! –gritó el general fuera de sí.

-Sólo eran cincuenta metros… -interrumpió el capitán, imaginándose frente a un tribunal militar.

-¡Silencio! ¡Continúe! –ordenó el general a As.

-Descendimos y nos emboscaron… -dijo As, mirando al suelo, asaltado por una oleada de vergüenza y recuerdos plagados de gritos y mutilaciones.

-¿Cómo reaccionó ante el ataque? ¿Qué sucedió? –indagó el general, observando al soldado Myr, comprobando la gravedad de sus heridas.

-Foi murió, todos gritaban… Los enemigos llegaron por ambos flancos… No hice nada… -reconoció As, quebrándose.

-¡Continúe! –exigió el general.

-¡No pude hacer nada! Fue tan rápido… -balbuceó As, cargado de impotencia, deseaba marcharse, volver al hormiguero.

-¡Maldita sea! ¿Qué sucedió Myr? –preguntó el general, controlando oleadas de furia, tenía ganas de arrancarle las antenas al capitán.

-Suponemos que nos atacaron más de seis soldados. En la confusión, uno de los nuestros derramó el insecticida sobre su cuerpo, otros no pudieron hacer nada ante la sorpresa. El capitán venció a su atacante con las mandíbulas y mató a varios que luchaban cuerpo a cuerpo. As estaba paralizado… -narró fríamente el soldado Myr.

-¿Eso es cierto, capitán? –preguntó el general, clavándole una mirada furiosa.

-Es cierto. Myr salvó la vida de As, derribando a un enemigo que estaba a punto de cerrar las mandíbulas sobre su cabeza… -afirmó el capitán, disimulando los nervios.

-¿Es cierto As? –preguntó el general con firmeza, enfrentándose al atleta.

-Sí, señor… Fui un cobarde… -afirmó As, esperando lo peor, la humillación ante la morada, un juicio militar y una condena a muerte.

-¿Qué más, soldado Myr? –preguntó el general, indiferente.

-Perdimos ocho compañeros, contamos seis enemigos muertos y retornamos a toda prisa, suponiendo que nos perseguirían.

-¿Abandonaron a alguien mal herido? –cuestionó el general, enfrentándose a Myr amenazadoramente.

-No lo sé. Huimos… -respondió Myr, avergonzado.

-Vi morir a mis compañeros… Temí pelear ¿Comprende? –interrumpió As, al borde de una crisis, pisando los umbrales de la locura.

-¡Tranquilícese, As! ¡Estamos en guerra!… Continuarán en la enfermería hasta que sanen sus heridas. Redactaré el informe de la exploración. Usted, capitán Jo, lo firmará sin objeciones. Dirá lo mismo que han afirmado, excepto durante el combate. Myr asumirá que estuvo paralizado y As que lo salvó ¿De acuerdo?

-¡¿Qué mierda ha dicho?! –protestó Myr a voz en cuello.

-¡No! –gritó As.

-¡Tranquilos! –ordenó el capitán Jo.

-¡Silencio! ¡Debemos hacerlo por el bien de la morada! ¿Qué creen que pasaría, si los soldados supieran que As es un cobarde? La moral caería y nadie apoyaría la campaña. En pocas palabras, perderíamos la guerra ¡Vinimos a vencer! Es nuestra obligación hacer lo necesario para cumplir con el objetivo, aunque vaya en contra de nuestros intereses individuales. As será un héroe de guerra ¿Entendido? –amenazó el general, clavando su fría mirada en el soldado Myr.

-¡Fui un cobarde! –declaró As, carcomido por la humillación.

-¡Silencio! ¡Es lo mejor! ¿Quiere enfrentar un tribunal? ¡Maldita sea! Tengo su vida en mis manos; puedo convertirlo en un asqueroso traidor ¿Quiere regresar como traidor o héroe? –vociferó el general

As enmudeció, deseaba marcharse.

-¡Conteste! ¡Bastardo, bueno para nada! –gritó el general, exigiendo una respuesta.

-Quiero irme de aquí… Quiero regresar como he venido… -suplicó As.

-Muy bien ¿Alguna objeción? –preguntó el general, satisfecho.

-¡No, señor! –corearon el capitán Jo y el soldado Myr.

-Entonces, saben lo que deben decir y hacer. Ha sido un placer dialogar con ustedes. Pueden volver a descansar.

-¡A sus órdenes, señor! –respondieron a coro.

Un rumor, de origen incierto, divulgó en la base y en Nueva Morada Roja, que As, durante su primer patrullaje, había luchado ferozmente y salvado la vida del soldado Myr. Militares y obreros festejaban la bravura del héroe creando canciones en su honor. Lo único que rompía el silencio en las galerías, trigales y montes era el combate en los alrededores de la “Boca del infierno”

El rumor fue noticia oficial, cuando el informe del capitán Jo llegó a las patas de las máximas autoridades militares. Por orden del Concejo, el rostro de As fue esculpido y su historia inscripta en las paredes de las galerías. Dos días después de que los tres famosos combatientes abandonasen la enfermería, el nuevo héroe recibió, en un multitudinario acto, la medalla al valor.

Sin perder tiempo el general Mai ordenó a Jo, Myr y As que recorriesen todas las galerías de la base, narrando la proeza y respondiendo preguntas del público. El entusiasmo creció desmedidamente y nadie rehusaba atacar la “Boca del infierno”.

El capitán Jo y Myr no tenían problemas de conciencia, esperaban trocar la mentira por un ascenso o una enorme cantidad de granos. En cambio As, considerado héroe y ejemplo, luchaba diariamente para evitar develar la verdad.

El general Mai había alcanzado su meta; el ánimo, en la base y en Nueva Morada Roja, era tan favorable y belicoso que consiguió del Concejo la aprobación de un ataque masivo. La operación fue bautizada “Arde el desierto”; consistía en arrasar, desde el aire, a los defensores exteriores  e ingresar en forma masiva al hormiguero enemigo.

Un mes de misiones aéreas aseguró la zona y el enorme ejército de Nueva Morada Roja marchó hacia la “Boca del infierno”, exterminando y capturando a los defensores exteriores que huían o se rendían sin combatir.

El capitán Jo, As y Myr formaban parte de un nuevo pelotón y avanzaban en medio de la gigantesca formación; el general Mai no podía, ni quería, volver a arriesgar la vida de sus combatientes más populares.

Miles de soldados descendieron por la temida entrada internándose en retorcidas galerías. Cadáveres desfigurados, manchas de insecticida y granos envenenados hacían suponer que el enemigo había abandonado la posición.

El general Doen, defensor de la “Boca del infierno”, aguardó a que los invasores penetrasen confiadamente y ordenó el ataque sorpresa. Las hormigas negras, ocultas en pasajes secretos, sorprendieron a las rojas por ambos flancos causando una inesperada cantidad de bajas. A los disparos de insecticida siguieron los combates cuerpo a cuerpo, el terror y los indescifrables chillidos. Sin embargo, la superioridad numérica del ejército de Nueva Morada Roja venció, capturando la entrada y sus galerías.

La victoria, tan ansiada, resultó políticamente contraproducente: As había muerto, conmoviendo a obreros y militares, y tornando antibelicista la opinión pública. El general Mai ordenó trasladar los pedazos de su cuerpo a la  morada, enterrarlo con honores militares y que sus compañeros narrasen las últimas horas del héroe a toda la comunidad.

El soldado Myr había caído en combate. Sólo el capitán Jo sabía que As había muerto huyendo, alcanzado por fuego amigo. El precio de su silencio fue un ascenso que lo liberaba de las funestas batallas, transformándolo en un próspero cuentapropista.

El Concejo de Nueva Morada Roja, en una ceremonia secreta, condecoró al general Mai por la aplastante victoria y su excelente desempeño militar.

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Continuará… Próximo capítulo: “Por la fuerza”

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